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La institución policial peruana tiene larga data en nuestra historia, y es que el ejercicio de la función policial es necesario en la medida en que los seres humanos decidieron constituir colectividades como una forma de optimizar sus posibilidades de supervivencia y obtener la seguridad necesaria para el tranquilo transcurrir del ciclo vital de cada individuo. Alrededor
de proporcionar seguridad es que se esboza la génesis de la función
policial, que con el paso del tiempo y el consiguiente desarrollo de los
colectivos humanos, se va haciendo más compleja en la medida en que también
la organización de las colectividades humanas se hacen complejas. No
resulta descabellado remontar el ejercicio de la función policial a
tiempos prehispánicos, aunque es atinado decir que su ejercicio es poco
diferenciado, ya que en dichas sociedades se carecía de una institución
que asuma específicamente tal función. El poder desarrollar señoríos
regionales significó el estructurar un sistema de control social en donde
lo policial aparece como un componente funcional de los atributos de poder
del grupo que asumía la conducción de estos estados prehispánicos.
Componente necesario del poder para establecer y mantener un orden entre
los individuos de cada sociedad en función a normas reguladoras de la
convivencia, donde aspectos de carácter religioso y moral tuvieron también
un peso significativo de cara a este objetivo.
que
cortando cabezas nos dejaron los textiles Paracas y siglos después los
ceramios Nazca, aspecto terrible que se repite en la iconografía Moche
con sus combates sagrados y vencidos sacrificados, o las pétreas deidades
de Pucará exhibiendo cabezas degolladas como parte su representación
iconográfica. Escenas con terribles deidades que mantienen un orden
sagrado de implicancias vitales para la subsistencia de dichas sociedades,
más aún si se tiene en cuenta que las características ecológicas y
geográficas del territorio peruano no son nada fáciles. Es una cosmovisión
donde el orden es integral y no admite distinciones entre lo sagrado y lo
profano. Estos
Estados regionales ejercían su poder coercitivo a fin de optimizar la
producción agrícola para la consiguiente redistribución además de
cohesionar a las etnias en base a garantizar la reciprocidad como pauta de
interrelación tanto individual como grupal. Ello exigía además de
cuestiones religiosas y morales, el contar con individuos especializados
en el uso de la fuerza, sea para agredir y defenderse de los foráneos
como para controlar y garantizar el orden al interior. Cuando el desarrollo estatal de las sociedades prehispánicas se hace más complejo a consecuencia de políticas de corte expansionista que buscaban el control del recurso hídrico y el dominio absoluto de la economía vertical (propio del ecosistema andino y sus diferentes pisos altitudinales), con el cual incrementar su capacidad productiva para redistribuciones a gran escala que sirvan de soporte a la capacidad de gestión y de dominio del grupo dirigente, es entonces que aparecen con mayor nitidez los esbozos de funcionarios policiales, de cara a mantener el orden sobre el que se basa la vigencia de tales Estados dentro del sistema de control social estructurado.
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