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Las
guerras de independencia trajeron consigo un desorden que volvió a la
población proclive a la militarización, además de reforzar la tradición
autoritaria, síndrome actitudinal resultante del proceso social peruano,
aspectos que ya venían incubándose desde la época colonial. No es de
extrañar entonces, el ribete castrense que adquirieron estas fuerzas
policiales, más aún si en el imaginario republicano de los Libertadores,
pesaba la imagen de los milicianos franceses defendiendo la causa de la
Revolución frente a la reacción monárquica del resto de Europa: se
buscaba comprometer a los nuevos ciudadanos en la defensa del nuevo orden,
por ello Bolívar mediante decreto del 07 de enero de 1825, convirtió a
la Milicia en Guardia Nacional, con el fin de conservar el orden público
en cada una de las regiones y pueblos, constituyendo también la reserva
del Ejército.
La
pena capital fue la receta común para delincuentes y criminales, para
enemigos políticos como para malos servidores públicos y ciudadanos
remisos para defender al Gobierno. Al
término de la influencia bolivariana en el Perú, el 20 de enero de 1827,
se dicta un “Reglamento Provisional de Policía”, manuscrito y
rubricado por el propio Presidente del Consejo de Gobierno, Mariscal Andrés
de Santa Cruz, el mismo que años después, una vez encumbrado en la
presidencia de la Confederación Perú Boliviana, promulga el Reglamento
de Policía de 1834, en donde se vuelve a establecer a los “Serenos”,
adecuadamente armados y uniformados en procura de un buen servicio
policial, estas fuerzas abocadas al orden y seguridad interna se hallaban
a órdenes del Intendente de Policía de la Prefectura de Lima y de los
Sub-Prefectos en Provincias.
Era
paradójico que siendo lo legal algo con tan poca efectividad en la
realidad de la joven república, se hiciesen esfuerzos en este campo para
reglamentar al servicio de policía. Si bien tales esfuerzos pretendía
tener alcances nacionales, en realidad cada ciudad determinaba su propio
reglamento. La fragmentación del poder hizo que esta situación se
mantuviera durante mucho tiempo. A la caída de la Confederación Perú - Boliviana, el Mariscal Agustín Gamarra, promulga en 1839 Huancayo, un nuevo Reglamento de Policía, que mantiene al Intendente de Policía a la cabeza de un reorganizado Cuerpo de Serenos y Vigilantes; se establecen categorías de Comandante, Tenientes y Cabos, Serenos y Vigilantes; se divide Lima en diez distritos y se pormenoriza las distintas funciones que serán de su competencia.
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