Pactada la paz al precio de la mutilación territorial, el General Miguel Iglesias (1882  1885), incrementó las Fuerzas Policiales, creando en 1884, un Escuadrón de Caballería para la policía rural, toda vez que el rechazo a su posición avivó el descontento, surgiendo montoneras "caceristas" que tenían en zozobra los alrededores de la capital. Una vez más la guerra civil vino a enseñorearse del panorama nacional. 

El siglo XIX terminaba tan violentamente como fue su inicio.  En dicho siglo Guardia Nacional, Gendarmería y Guardia Civil se constituyeron en las instituciones que asumieron la labor de preservar el orden y dar seguridad a los ciudadanos. 

Si bien hubo un notable esfuerzo legal por dotarla de los mecanismos jurídicos que hicieran de ellas eficientes agentes del Estado, no se hallaban profesionalizadas en la medida en que el campo de lo policial lo requería. El clientelismo político de entonces, convirtió a la policía del siglo XIX, en una fuente laboral para aquellos militantes del gobernante de turno, quien disponía de ella junto con todo el aparato de la administración pública como un botín para sus correligionarios, lo que sumado a su organización de corte castrense, tampoco ayudó a mejorar su eficacia. 

La injerencia política de los caudillos militares y civiles del momento pervirtió en ocasiones su función al envolverla en las luchas de poder. Sin embargo fuera de las coyunturas, sus miembros calaron profunda y necesariamente en la vida cotidiana del poblador peruano urbano o rural. Su abnegado trabajo fue importante para los logros sociales obtenidos en tan agitado siglo, al proporcionar pese a más de una circunstancia adversa, la necesaria tranquilidad para que el país iniciara su desarrollo y una vez pasada la tormenta de la guerra, aseguraron el clima más propicio para la reconstrucción nacional. Más allá de las veleidades políticas y la inestabilidad de las instituciones, su silencioso y cotidiano trajinar ayudó a echar los cimientos de la República y llevó la presencia del Estado a todo el territorio, ya que pese a sus limitaciones y contradicciones, ayudó  a proporcionar una idea más clara de lo necesario que era vivir en orden y legalidad, y que la seguridad era un derecho impostergable para el colectivo nacional. Proporcionó la idea integradora de que se pertenecía a una nación, y de que se era (o se podía ser) ciudadano de dicha nación.

El siglo XX trajo signos de recuperación. Pasada la lucha, se dio inicio a la Reconstrucción Nacional, periodo en el que el colapsado Estado Peruano debió recuperar, en medio de la más terrible crisis que dejó la derrota, su capacidad para gobernar efectivamente al país. 

La cuestión policial era algo más que necesario, pues el orden y la seguridad eran factores indispensables para hacer posible el esfuerzo por salir adelante. Con esa perspectiva y para mejorar el servicio policial, se emiten el “Manual para la Policía”, de 1902, y el “Manual de Policía de Seguridad”, de 1913. 

El país entró en una era de incipiente industrialización, las exportaciones de caña, algodón, caucho y el desarrollo del rubro textil entre otros convocaron hacia la ciudad gran cantidad de mano de obra proveniente del campo, lo que provocó todo un crecimiento urbano no sólo espacial sino demográfico. Las estructuras sociales no estaban dispuestas al cambio: trabajadores sí, ciudadanos no, tal era la visión paternal que desde las elites del poder se manejaba para la conducción del país. 

La política se había partidarizado, aunque era feudo de los notables de una pequeña elite, sin embargo en Occidente grandes ideologías se generaban y a su amparo las movilizaciones sociales comenzaron a exigir al Estado una capacidad de respuesta que fue rompiendo con las viejas taras heredadas de antaño. Aparecieron los partidos de masa, la población urbana se proletariza y la inquietud en la ciudad y en el campo anuncia novedades. Las movilizaciones campesinas en demanda de tierras amenaza al poder tradicional de los notables de provincia y las movilizaciones de obreros se manifiestan en las calles de las ciudades como una nueva fuerza política. El siglo XX traía nuevos retos para las instituciones policiales. 

 

 

 

 

 

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