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La llegada de los españoles trajo consigo el derrumbe del sistema incaico y la instauración del orden colonial. Serían ellos quienes introdujeron sus instituciones de control social que en cuanto a lo policial, diferían enormemente de lo hasta ese entonces desarrollado por las sociedades prehispánicas. En principio, el ejercicio de la función policial correspondía más a un contexto urbano, perfilado con mayor nitidez como respuesta a la necesidad de regular la convivencia de los cohabitantes del espacio citadino. En este sentido, los españoles eran herederos y portadores de una tradición urbana greco romana, la ciudad concebida como un espacio para el asentamiento humano de individuos que gozaban de cierta igualdad en su condición de ciudadanos a diferencia de la ciudad prehispánica, que era más un centro administrativo, religioso y de producción especializada, cuyos habitantes no eran individuos sino colectivos diferenciados y articulados socialmente.
Estas diferencias explican el sentido de las instituciones policiales que trajo consigo el orden colonial, asumido inicialmente por el Cabildo. Los conquistadores a su paso comienzan a fundar ciudades sobre los antiguos asentamientos nativos. Al erigirse la Ciudad de los Reyes como capital de la Gobernación de Nueva Castilla en 1535, el Cabildo invistió como su primer Alguacil Mayor a Martín Pizarro, deudo del Conquistador Francisco Pizarro, con la misión de guardar el orden y velar por las buenas costumbres. Debía también perseguir a los soldados delincuentes, dar cuenta de las pendencias que por juego o bebida se daban así como dar fin a los duelos, batir a los negros cimarrones y capturar a los fugados además de vigilar la cárcel, en suma dar cumplimiento a lo bandos de carácter policial que emanaban del Cabildo. Para el ejercicio de sus funciones organizaba y realizaba rondas nocturnas con la participación obligada de los vecinos de reconocida honorabilidad. Su labor era secundada por otros funcionarios como los Alguaciles Menores y Alguaciles de Campo, éstos con jurisdicción en los caminos, tambos y pueblos aledaños. La problemática que afectaba a la seguridad y al orden de la época en que el Perú era una Gobernación española regentada por los conquistadores encomenderos, obedecía a la violencia que sirvió de marco a este proceso de instauración del dominio hispano sobre las sociedades nativas, y que se constituyó en el marco de la vida cotidiana, el lenguaje recurrente para la protesta de quienes quedaron al margen de los beneficios de la conquista, de allí que la soldadesca no pudo avenirse a la vida quieta de la ciudad, teniendo en ella y en el campo el espacio donde ejercer su descontento mediante raterías y pendencias.
El marco violento para una sociedad nacida de la conquista, se dejaba entrever en la interacción que sobre el eje de la dominación articulaba a los tres principales grupos humanos que componían el espectro social de la colonia: españoles, indios y negros. En el caso de la población negra, la dominación era sumamente abierta y desenfadada en la medida en que era una situación de larga data, nos referimos a la esclavitud negra. Los negros llegaron al Perú como esclavos para servir en la guerra primero, para labores domésticas y agrícolas luego. Sin embargo su actividad no iba acompañada de contento ni resignación, de allí sus constantes fugas para en el monte formar "palenques" desde donde intentaban tener autonomía, cultivando pequeños huertos y constituyendo bandas de salteadores que atacaban en los descampados a los viajantes o en los campos a las haciendas.
Pero los grandes marginados serían las castas que producto del mestizaje fueron aumentando en número y que asentadas en la ciudad constituirían la plebe urbana. Los vástagos mestizos de negros, indios y españoles introdujeron tensiones interétnicas que se manifestaban violentamente en la vida cotidiana. Los callejones en los arrabales de la ciudad, las tabernas y chinganas como las pulperías eran los puntos de encuentro de estos personajes de picaresca: pandilleros, matones, ladrones, truhanes y prostitutas, vagabundos, mercachifles y mendigos. La rivalidad interétnica propiciada por la administración colonial además de la propia condición de marginalidad y pobreza en la que se encontraban serían el caldo de cultivo para este mundo lumpenesco.
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